martes, 19 de mayo de 2015

El espléndido gótico de la catedral de Segovia se

eleva, florido, de entre un omnipresente románico. Aquí, exquisitos referentes muy importantes para mí, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Antonio Machado, María Zambrano y alguien más, me evocan sensaciones y emociones muy especiales de forma que puedo recuperar sus presencias y la mía misma, en bilocaciones o polilocaciones, como si estuviera en su mismo espacio, haciendo caso omiso de la distinta condición temporal, coincidiendo o no con ellos, pero en su misma atmósfera y espíritu. Me sucede ya, sin otra referencia personal que la de los paisanos entretenidos en sus quehaceres de cada día, tanto en una ciudad como en otra, caminando por sus calles, entretenido y avisado en†re espacio y tiempo.
Así me muevo por la calle Comercio o la Real o en el parque Teotocopulos-el Greco junto a las grandes Sinagogas, en Toledo o bajo el Acueducto, por la capilla del Sagrario de Segovia o  por su Alameda junto al Eresma, o en el Monasterio de la Encarnación, en el Mercado Chico de Ávila, la calle Reyes Católicos y el cordón de sus murallas. Me puedo encontrar en el Paseo Fabra i Puig, en el Tibidabo o en el barrio Gótico de Barcelona, al tiempo que, cruzando la calle, me sorprendo en la del Castillo, hablando con Jonathan sobre el último producto Appel, o en La Campana de Sevilla,
   la calle Sierpes, San José y el Prado de San Sebastián o la Maestranza, o sin solución de continuidad, bajando al lateral del barranco de Santos junto a la Concepción o discurriendo mis higiénicos paseos de ida y vuelta al Corte Inglés en Santa Cruz de Tenerife, desde mi casa. Y me pareciera, en cualquier momento, entrar a tomar el descafeinado en uno de los bares desde cuya barra me esperan, atentos, camareros amigos en lugares tan,  aparentemente, distintos y lejanos... Debo tentarme para confirmar estar más aquí que para allá, aprendiendo intensidad vital y desprendimiento, cosa extraña, pero cada vez más cómoda, imprescindible e inevitable. Relajado, recorro, ahora, la Plaza Mayor, la de la Merced y el Convento fundado por Santa Teresa y  San Juan de la Cruz. Acudo al interior de la iglesia de la Vera Cruz con su fuerza templaria o de los Caballeros  de la Santa Cruz de Jerusalén o a los secretos lugares donde se escondía san Juan a rezar, ese hueco de una roca calcárea,
 y alcanzo su "disparatado" túmulo en la iglesia del Convento fundado por él. Vuelvo por la cuesta de la Zorra, ya con paradas; charlo con Rosa en el café Colonial, en la plaza del Corpus Christi, tras haber comido en el Restaurante Mudéjar con su larga historia y sus ecos pendientes. La iglesia de San Martín, frente al hotel restaurante Las Sirenas y la plaza de Juan Bravo en frente, que muestra la raíz rebelde de estas gentes más cerca del cielo, de la luz y del espíritu. Bulle el mundo en todo el paseo Fernández Ledreda, desde el Acueducto hasta la iglesia de san Millán, lugar único, donde uno podría morirse y desaparecer, ya polvo, junto al Clamores al pie de la Catedral, cabe al cementerio judío.


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